Las vidas de millones de niños y niñas transcurren en medio de la miseria, el abandono, la ausencia de educación, la discriminación, la falta de protección y la vulnerabilidad. Para ellos, la vida es una lucha diaria por la supervivencia.
Tanto si viven en los centros urbanos o en asentamientos rurales, corren el riesgo de no poder aprovechar su infancia y de quedar excluidos de servicios tan esenciales como los hospitales y las escuelas, sin la protección de la familia y la comunidad, constantemente amenazados por la explotación y los malos tratos. Estos niños desconocen el concepto de que la infancia es una época para crecer, aprender, jugar y sentirse seguros, no significa nada.
Los adultos debemos asegurar que todos los niños y niñas disfruten de su infancia.
Existen muchas razones por las cuales los niños terminan en las calles o en situación de vulnerabilidad, y esto es tanto una causa, como una consecuencia de la miseria y del analfabetismo.
En India esto es muy evidente; los progenitores mueren o no están en condiciones de cuidar a sus hijos adecuadamente; en las familias reina la violencia o el abuso, y los niños están obligados a trabajar para apoyar económicamente a sus familias. En las calles acechan múltiples amenazas. Las niñas y niños son víctimas de todo tipo de abusos y están a merced de las drogas, el hambre y las enfermedades.
¿Cómo podríamos crear un mundo apropiado para la infancia?
Los niños y niñas son la sociedad del mañana. Los adultos debemos aceptar la responsabilidad que tenemos para con ellos. Si deseamos una sociedad más justa y equilibrada, debemos trabajar para erradicar la situación de vulnerabilidad de gran parte de la infancia.
En los países más desarrollados existe una creciente preocupación por el deterioro de los derechos del niño. Problemas tales como el abandono, los malos tratos o los abusos sexuales, se mencionan con relativa frecuencia en los medios de comunicación. Esta proximidad de la problemática infantil "aquí", nos debe acercar a la de la infancia "allí", en los países en vías de desarrollo, para comprender finalmente que, tanto en las sociedades del Norte como las del Sur, las niñas y los niños constituyen el eslabón más frágil y vulnerable de la sociedad.
Es posible, sin embargo, ver como la infancia vulnerable toma la iniciativa. Se organiza, agudiza el ingenio, se busca la vida donde se la niegan. El psicólogo Enrique Martínez Reguera afirma:
"Siempre me produjo curiosidad y hoy me procura complacida admiración, porque amo la vida, la capacidad de esos niños para salir adelante. Decenas de niños conozco que con siete y ocho años desbordan cuidados sobre sus hermanitos más pequeños, los crían, los educan, y hay que ver con qué destreza los llevan a grupa de sus frágiles caderas.
Con nueve años, consiguen superar la atrofiada economía familiar, vendiendo pañuelos en los semáforos. Niños que con doce aprenden a forzar mi coche y ponerle marcha a su vida, con una simple llave de abrir latas de anchoas. O cuando tienen trece y ya casi nada les tiene sentido y nada les queda, salvo lucidez para saber que están de sobra.
Ojalá llegue el día en que la conciencia moral de la gente acierte a levantar monumentos a los vendedores de pañuelos en los semáforos, a los alados y esforzados mensajeros adolescentes, a los repartidores de propaganda, recolectores de cartón y papel usado, a aquéllos que, con sus economías sumergidas, como corrientes de agua subterráneas, hacen reverdecer los huertos más humildes, evitando que la voracidad de algunos lo angoste todo."
Los adultos creemos tener las recetas para todos y cada uno de los deseos y carencias del menor y sin embargo, ¿hasta qué punto prestamos atención a la simple grandeza de sus aspiraciones reales? Construimos el mundo quizás a la medida de nuestra limitada visión: la pantalla de un televisor, los objetivos a corto plazo, la seguridad, la privacidad, el asfalto y la productividad. Nuestro realismo positivista es un tosco sustituto de la realidad iluminada por la imaginación que se recrea en la infancia. Nuestra rutina se enfrenta a su improvisación; nuestro mundo medido por los relojes se enfrenta a su universo atemporal y amplio; nuestra tensión se enfrenta a su flexibilidad; nuestra inercia se enfrenta a su eterno movimiento.
El derecho a ser niño es el derecho a no ser un adulto precoz. Es el derecho a jugar. Es el derecho a ser valorado y aprender a apreciar. El derecho a practicar la convivencia y el respeto hacia la diversidad. Es el supremo derecho a prescindir de la preocupación por el sustento y la vivienda. Hagamos entre todos un mundo apropiado para la infancia; también lo disfrutamos los adultos.